20/9/07

XIII

Con ojos cerrados aun te veo
Aun sorda escucho tu voz
Casi muerta llegué hasta el río
Donde lavé mi corazón
Ese que lento ha latido
Por las espinas del amor

11/9/07

0 a 1

...y llegó el momento que tanto había temido, ese en que quedaba desnuda frente a su mirada, en que su alma quedaba expuesta. No había palabras que pudieran ocultar las vibraciones que despedían sus poros. Ni miradas que pudiera sostener.
Entonces fue cuando el corazón le empezó a latir fuerte, la lengua se le tensaba tanto que no había frase que pudiera terminar.
Sabía que no había salida, que él la sentía, sea como fuera aunque intentara buscar las mil y un excusas para no decir lo que no quería decir, lo que no quería dejar escapar del cofre que llevaba guardado hacía ya tanto tiempo. No podría ceder.
Excusándose, diciéndole que no se sentía bien, buscó su abrigo. No quería escuchar más, no quería mirar más, sabía que estaba al límite. Al límite como siempre, otra vez, una vez más.
Por dentro otra vez esa voz que comenzaba a reprocharle el porqué estaba en ese lugar y que empezaba a repetir la misma cinta de siempre, la de los cómo, los cuándo , los porqués y entonces la hizo callar.
Alcanzó el ascensor, apretó el botón PB y ahí estaba esa mirada leonina, profunda que de pronto se volvía un gran ojo que lo ocupaba todo, y la voz, esa voz que la dejó inmóvil, indefensa, presa en las garras que tanto placer le habían dado y allí no resistió más, decidió esperar, observar, respirar, un segundo, dos y se fundió en él, en un beso que parecía abarcar todo el universo y que prefería que durara para siempre para no andar pensando en el después , ni en los cómo, ni en los dónde, ni en los porqué...
Palabras que la hicieron vibrar como un sol, temblar como el repique y correr, correr, sin mirar atrás, hasta verlo desaparecer, con una inmensa sonrisa a cuestas, la misma que ella guardaba en la palma de su mano.

20/8/07

aquél

en tus ojos se ve
miedo frente a aquel
aquel que es distinto
que no tiene
esos anillos que tenés
¿miedo a qué?
¿a perder qué?
decime ¿él que te puede hacer?
y si te roza, ¿qué?
lo que te ensucia es lo de adentro
que te condena
a no ver
ciego estás

17/8/07

en el viaje fui aprendiendo que...

foto: carolina hirmbruchner
que la tristeza es un estado que no debo temer, ni tengo porque avergonzarme de ello.
que hay personas receptivas y personas que no, y que me entiendo más con las primeras.
que me alegra encontrarme con seres sencillos, que te hacen un lugar y se brindan
que hay conexiones que me renuevan la energía
que una vida sin música no existe para mí 
que siempre es bueno llevar algún chocolate, caramelo, galletita o alfajor en la mochila, para endulzarle la vida a alguien y sacarle una sonrisa
que a veces el camino se torna duro, pero la voluntad es la que te saca

14/6/07

microcentro macromente

foto: carolina hirmbruchner
Generalmente, el trayecto del trabajo a la facultad, de Retiro a Plaza Miserere, lo hago casi en su mayor parte caminando. Es, para mí un momento de relajación mental, de viaje estelar, de sentir la vida, mi vida, como testigo y protagonista. Lejos de esas horas automatizadas cual Robocop en que cuesta sentir y donde se pierde la conexión con uno mismo. Es ese momento, entonces, donde la banda de sonido elegida que me acompaña me alivia muchos pesos.
Lo que más disfruto, es perderme, cambiar de camino, sin pensar, dejándome llevar y sorprender, al encuentro de algo que no se qué será pero que son detalles que hacen de ese día un día distinto, un día por el que valió la pena levantarse y salir.
Un amigo me dijo el otro día que él recordaba una frase que en algún momento en alguna de nuestras divagadas conversaciones le dije: “No hay que perder los ojos de turista”
El camino no termina cuando volvemos a casa, el camino continúa a cada paso que damos y es entonces que también podemos ser turistas en nuestra propia ciudad y en nuestra propia vida.
Tomo la peatonal Florida, mezcla de trajes, tacones, fábricas de cueros, vendedores polirrubro y pasajeros, que van y vienen, en esa noche de narices frías.
Para mi sorpresa, veo una banda, dos chicas, dos saxos, un par de guitarras, una bata. El disco que venden y que muchos que pasan les compran dice:
Pollerapantalón. Genial! Me digo y me quedo a escuchar, a parar el mundo y disfrutar de él, olvidando de donde vengo y adonde voy. Es que hace rato que dejó de importarme llegar tarde.
Al ritmo del ska, entre la gente, pasa el vendedor de
HBA. Genial! Dos veces. Lo había estado buscando esta semana. Había entrado en una vibración acorde. Sigo insistiendo, nada es casualidad.
Me quedo charlando con él un rato, le digo que andaba buscando la revista y como esas cosas que fluyen me cuenta algo de su vida. Se llama David, hace 7 años que vende la revista, me cuenta como arrancó, que es de Guernica y que la revista lo sacó de la calle. Que hoy tiene su 3 x 3 con baño, cocina y cama y que además (con cara de sorpendido) se cocina. Mientras tanto el ska seguía sonando por la calle Florida y la gente entraba en el remolino musical y pasaba saltando y todo parecía estar yendo al mismo ritmo.
David se despide, espero el último acorde de la canción y sintiéndome feliz por haber encontrado tantas cosas en mi camino, me voy satisfecha, conforme, con el alma en sonrisa, a tomar el subte.
Me pone feliz la gente que apuesta por un sueño, que encuentra su lugar, a pesar de tantos barrotes y tantas trabas que se presentan. Paso entre los artesanos y me pregunto si podrían seguir, si ese carrito de policía que me crucé unas cuadras atrás no vendrá algún día diciéndoles que no, que no pueden trabajar así, de ese modo, que hay normas, reglas que así lo dicen. Libertad de trabajar. Libertad coartada. Ojalá que no, ojalá que se multiplique. El trabajo dignifica a esa persona que con sus manos, con lo que tiene, con el lugar donde le tocó caer, hizo lo que pudo, lo que estuvo a su alcance. Como David, como las Pollerapantalón, como el artesano, el vendedor polirrubro y como el de traje y la de tacos también.
Tomo el subte, una chica me da un papel, leo PRO, mi mano lo hace un bollito, pero no lo tiro al suelo, no, va directo al tacho de basura, me gusta una ciudad limpia, para mí sin papeles, en cuanto a otros, me da miedo pensar de qué limpieza están hablando.

8/6/07

"En un año volvemos" De mi bisabuelo a mi abuela Barbara Weitner, 26 de julio de 1917, cuando dejaron todo y se vinieron con lo puesto desde la ex-Yugoslavia a America del Sur. Dejando todo atrás. Desde ese entonces vive en Argentina. Barbara tiene hoy 93 años y recuerda todo como si fuera ayer. Cuenta: "No pudimos ir para nortamerica (textual) porque no daban más visas"

Bárbara Weitner foto: carolina hirmburchner

Bárbara Weitner falleció el 8 de septiembre de 2010, por suerte, antes de trascender me contó parte de su historia que algún día deseo poder contar. Nunca más volvió a su tierra natal, como muchos inmigrantes, sin embargo ella siempre decía: amo a la Argentina, es un país tan grande y tan hermoso, ¿como puede ser que haya gente no tenga para comer?

7/6/07

foto: carolina hirmbruchner
‘…y todos, en el fondo, estamos tan solos. Nostalgia en esa mesa, en esa silla, en el café. Inundados en todos los rincones, con una lluvia que no para de llover. Que lo inunda todo. Adentro, afuera, afuera y adentro. Pero, como no todo es completamente frío, el calor de un jazz conforta por unos minutos a ese corazón que se hace agua. De solo pensar. Vivir en la falta, con faltas. Con agujeros en la carne. Cicatrices de batallas pasadas. Aun así, se sigue, con esa fuerza que sale de no sabes donde, pero que te levanta. Se sigue como sea, rengueando, arrastrándose, al ritmo de nuestro propio corazón. Él manda. Se sigue, sin prisa, sin pausa, pero se sigue. Como esa lluvia que lo inunda todo. Hasta la punta de mis pies.”